Martes, 01 de abril, 2025
La decisión del presidente de Estados Unidos de cancelar uno de los principales medios que informan de violaciones de derechos humanos en Asia, y también de los crímenes de lesa humanidad en China, denota cierta incoherencia en la ideología de la Casa Blanca
Por Montse Ferrer, directora adjunta para Asia y Oceanía de Amnistía Internacional
En 2020, las autoridades de Corea del Norte ejecutaron por fusilamiento, según informes, al capitán de un barco pesquero en presencia de 100 de sus colegas. Su crimen: escuchar en secreto Radio Free Asia (RFA), el medio informativo financiado por el gobierno de Estados Unidos que tiene más 50 millones de oyentes en Asia y Oceanía.
Si conocemos la suerte que corrió el pescador es porque RFA difundió la historia, a partir de entrevistas con fuentes del interior de Corea del Norte, entre ellas el funcionario encargado de hacer cumplir la ley que la confirmó. RFA era uno de los pocos medios de comunicación globales, si no el único, que disponía de recursos y acceso para sacar a la luz los hechos.
Pero hoy es más probable que alguien que sintonice RFA desde los mares que rodean la península de Corea —o desde cualquier otro lugar— encuentre una señal muerta. La orden ejecutiva del presidente Trump para cerrar la emisora, junto con medios hermanas Voz de América, Radio Free Europe/Radio Liberty, Radio Martí —que cubría Cuba— y emisoras que emiten en Oriente Medio, está extinguiendo preciadas conexiones con el mundo exterior para millones de personas en países “cerrados”. En muchos casos, su única conexión
Voz de América fue fundada en 1942 con el mandato de combatir la propaganda nazi. En 1994 le siguió RFA, impulsada inicialmente por la censura del gobierno impuesta por China sobre la sangrienta represión de Tiananmen cinco años antes.
En la región de Asia y Oceanía de 2025, la finalidad principal de RFA sigue siendo igualmente pertinente.
Las autoridades chinas, como la de Corea del Norte, siguen aislando a su población de la Internet global, y al mismo tiempo administrándole una dieta específica de propaganda de medios de comunicación estatales. Estos dos países, junto a Myanmar y Vietnam, figuran entre los 10 últimos en la clasificación mundial de la libertad de prensa. Camboya y Laos ocupan puestos sólo ligeramente más altos.
Hasta ahora, la alternativa más accesible a los medios de comunicación estatales para muchas personas en estos países era RFA y Voz de América. La ironía que supone que ahora el presidente Trump denuncie a estos medios como “propaganda radical” no pasará desapercibida para lectores y oyentes que durante decenios han confiado en ellos para obtener información independiente.
Esto no significa que la decisión de Trump carezca de apoyo en Asia.
El periódico estatal de Pekín Global Times se regodeó con la noticia de que Voz de América había sido “desechada por su propio gobierno como un trapo sucio”. Por su parte, el exgobernante de Camboya Hun Sen aplaudió la orden por considerarla una “gran contribución a la eliminación de las noticias falsas”.
Noticias falsas. La negación de la verdad como actitud comodín popularizada por el propio presidente Trump le llega ahora devuelta y repetida con gran regocijo por insólitos aliados de Estados Unidos en todo el planeta.
Se ha metido a Voz de América en el mismo saco que a muchos de los considerados enemigos de Trump en los medios de comunicación “radicales” o “progresistas”, pero esta orden ejecutiva no parece corresponderse con el enfoque supuestamente agresivo con respecto a China y su política exterior en general.
Pensemos, por ejemplo, que fue la financiación federal la que permitió que RFA informara sobre violaciones de derechos humanos cometidas por el gobierno chino en la región uigur de China, información que, a su vez, ha desempeñado un papel fundamental en la manera en que la sociedad civil y las comunidades uigures han presionado para Estados Unidos adopte posturas más firmes con respecto a China. Este mismo mes, el secretario de Estado Marco Rubio anunció sanciones a funcionarios tailandeses que facilitaron la desaparición de 40 hombres uigures a China, donde corren el riesgo de ser sometidos a tortura y desaparición forzada. Otras cinco personas refugiadas uigures siguen corriendo el mismo riesgo; a pesar de las amenazas para su existencia, RFA y Voz de América siguen ocupándose de sus historias.
La decisión del presidente de Estados Unidos de cancelar uno de los principales medios que informan de violaciones de derechos humanos en Asia, y también de los crímenes de lesa humanidad en China, denota cierta incoherencia en la ideología de la Casa Blanca. El hecho de que Trump haya renunciado a un instrumento de probada eficacia en la creación durante décadas de poder blando de Estados Unidos, una marca en la que confían audiencias internacionales en el contexto de la batalla en curso por las ideas, sólo puede ser una buena noticia para aquellos a quienes la información de RFA trata de combatir. Además, crea un vacío informativo que otros gobiernos ambiciosos y bien dotados de recursos podrían tratar de llenar para sus propios fines. ¿A alguien puede sorprenderle que las celebraciones estén resonando en Pekín?
En cuanto a la defensa de la libertad de expresión que proclama el gobierno de Trump, existen contradicciones semejantes.
Con frecuencia, RFA ha sido una de las pocas voces periodísticas que han informado de historias silenciadas: desde los ataques aéreos en Myanmar o la corrupción vinculada al Estado en Vietnam hasta el homicidio de activistas en Laos. Su cierre tendrá efectos inmediatos en lugares donde los gobiernos emplean políticas autoritarias para mantener el control sobre las noticas y el discurso. Lugares donde la libertad de expresión —y la de prensa— se reprime para aplastar toda disidencia. Lugares donde no existen medios de comunicación independientes, y donde Voz de América y RFA son la cuerda de salvamento que puede amarrar a los y las oyentes a la realidad y al mundo exterior, el que existe más allá de la propaganda del Estado.
Oyentes como el pescador norcoreano, que según informes confesó haber disfrutado de las emisiones de RFA durante más de 15 años, mientras el mar abierto actuaba como barrera contra la detección.
No sólo se privará a esos y esas oyentes de un periodismo independiente, sino que se nos privará a todos de oír sus historias. Como el árbol que cae en el bosque sin que nadie lo oiga, el pescador abatido por el pelotón de fusilamiento caerá ahora sin hacer ruido.
Este artículo fue publicado por primera vez en The Diplomat.